lunes, 6 de marzo de 2017

METHYL ETHEL_EVERYTHING IS FORGOTTEN: FRESAS DE TEMPORADA CON ABSENTA




Caer en la crucifixión de nuestros días, es como recorrer los pasillos de una mastodóntica superficie, y no poder resistir la tentación de abalanzarse sobre ese producto radiante de guiños a lo frívolo, a la mecánica tendenciosa y al orden pretoriano del consumo.
Sí hermanos, hay voces ahí que nos llaman. Ya se han convertido en no solo alucinaciones, porque las oímos a todas horas: En los silencios de retreta, cuando nos desvelamos a las cuatro de la mañana para orinar, e incluso en el minuto de silencio por la enésima muerte en el campo de refugiados. Las desgracias y dramas de nuestros días se revuelven tanto en pases de modas, como en ese instante de pena y compasión... Para que la rueda siga triturando.

Y si me dicen si es posible seguir tocando con firmeza en el suelo. Asquearse por las mismas miserias; las nuestras y las de los demás. Confieso que la barbarie apenas se asoma en la tristeza como en la euforia.
Ponerse la palma de la mano para mirar al horizonte y no deslumbrarse, cuesta lo mismo que usarlas para apretarse el ceño de agotamiento. Acercarse y mirar indistinto con condescendencia como quien se apena por los pobres y se tapa la nariz. Es la misma fórmula que aferrarse al conflicto constante, en vez de regalar a los intransigentes un baile a lo Gloria Gaynor o de Womack Womack.



Por eso sentí pena y miedo cuando los primeros acordes de “Ubu” sonaron. El recuerdo de Jack Webb sobre el escenario semivacío del Addidas Club, donde se van los asqueados de la multitud cuando el PS devora a sus fieles. Esos pantalones tobilleros araposos y desaliñados haciendo malabares con las cuerdas, la voz y el eco presente. Los de Perth; los hermanos tontos de Perth. Nos regalaban esa primera sensación certera de rebobinar hacia Cocteau Twins y Echo & the Bunnymen, los dos juntitos amancillados para enaltecer su selo 4AD.
Lo de ahora no, parece un espejismo o un mal sueño. Suenan tan radiantes y desparpajados, que me cuesta creer lo que vi hace un año en el Parc del Fórum. Me asusté lo admito, no solo por miedo real sino por esa alegoría de desconfiar de aquello que va en contra de nuestros ¿principios?; como si los tuviésemos.



EVERYTHING FORGOTTEN no solo tiene once hachazos a la altura de espinillas. Sí sí, de aquellos que te dejan clavado en el fango gritando como un bendito. También un disco imbatible que hace gala de una ligereza melodramática deslumbrante.
De principio ese asco por el Mousse empalagoso igual que el de una Copa Dalky sin atenuante. “Drink Wine” por más que comulgue con el lema, tiene ese tono de Funk electro para remontarnos a los Associates o a la Human League de ascazo molón. Porque sí, porque todos sabemos que en nuestros más oscuros deseos, hay una escena de baile que vive de la luz igual que de un momento de arrebato redentor. No porque intentemos emular una felicidad absolutista por más mierdas de perro que pisamos; y las bailemos a lo Fred Astaire y yastá. “Ubu” la tiene ahí: infecciosa, taladrante y perpetua.

La banda de Perth se ha vestido de traje de pata ancha y lentejuelas brillantes. A encendido la bola de neón a toda mecha y les ha quedado infinitamente mejor que a Arcade Fire cuando lo intentaron.
Quizás porque METHYL ETHEL pese al cambio radical, no han perdido su fulgor Pop. Cuando da un poco lo mismo si lo vistes de ensoñaciones o lo subes a una carroza de tules vaporosos. Y es la prueba indiscutible que no es cuestión de sonar más o menos comerciales, enrocarse o atrincherarse, cuando de resultas las canciones son buenas porque si; como es el caso del segundo disco de los Australianos.

Ese compendio trotón que gemas tintineantes que como “Femme Maison/One Man House”, consiguen elevar a genialidad atemporal eso que suena tan brillante como clásico. Esa especie de felicidad marchita que te puede hacer llorar de felicidad, o de pena. Como por ejemplo “L'Heure des Sorcières”, ese otro castañazo sintetizado de drama a lo Future Bible Heroes, o según su día a Eyeless In Gaza.
Atesoran también esa capacidad para cambiar el paso y revalorizar el Pop a golpe de acierto. “No 28” es así la canción que desarma por su sencillez, porque el Pop ha de ser así por fuerza y no por el mismo ímpetu ceder en pos del sucedáneo. Como si la funcionalidad de un sacacorchos o un chupete debiera perder su esencia por cuestiones estéticas. O bajarse al mundo para desnudarse como los trajo su madre al mundo al dejar de la mano de las cuerdas a la angelical “Act of Contrition

El disco les ha salido redondo amigos; valga la redundancia. “Groundswell” podría incluso acercarlos a los teoremas de Woods, pero sinceramente sería una pena quitarles mérito por agravio comparativo. Más que nada porque creo de verdad, que hasta la fecha es el único disco capaz de aunar divertimento, complejidad bien encauzada y baile a raudales sin apenas resentirse ni pedir cuentas a sus anteriores creaciones.
La serpenteante y cóncavo/convexa “Weeds Through the Rind” es una jodida genialidad. Se contrae y expande, es oscura e inquietante pero tan enfermizamente hipnótica, que hace de lo experimental un chascarrillo de Chiquito. Y con la sensación de acabar el jolgorio de una manera tan turbadora como inflexiva cuando siguen con “Summer Moon”, y la decapitan a golpe de destral.
Sin duda lo mejor de su último trabajo: La manera de jugar con la electrónica sin vender el alma. Resultar coloridos e inquietantes a la vez que luminosos y amargos. Conseguir sin bajar el ritmo ni un segundo, que un disco sea igual de entretenido que interesante por la mera belleza de sus canciones. Chapeau!!

 

viernes, 3 de marzo de 2017

SHADOW BAND_WILDERNESS OF LOVE_2017: DE SUS VIAJES Y NUESTROS DESTINOS





A veces, basta con que el loco Febrero nos tienda una emboscada a punto de agonizar. Y nos cambie una tostada soleada de Melocotón, por un rocío helador de tizne. Para que discos como el debut del combo SHADOW BAND, den sentido y peso al íntimo universo de Wilderness Of Love/Kemado Records/2017, dentro de la tumultuosa vorágine de ruidosos adelantos.
No solo por meras cuestiones de estados anímicos, de desear con fuerza la llegada de la luz solar y el verdor de los campos, o el revertir los tonos grisáceos con rabiosa energía. En otras ocasiones basta con capturar la instantánea del momento de paz residual después de un largo día de trajín, para tumbarnos mirando al techo y viajar sin pasaje.

Las recaídas accidentales en este tipo de paisajes sonoros, tienen la misma vaga explicación que el encanto por las películas de cine mudo: Despreciar el envoltorio o la instantánea, para quedarte con el plano, la fotografía, incluso con la tonalidad. Y a día de hoy, donde cotiza al alza el impacto súbito, decidir adentrarse machete en mano en la espesura de esta colectiva banda residente en Filadelfia quien sabe si podría convertirse en un ejercicio hedonista de alto riesgo.
Cuando desde New Jersey Mike Bruno decidió coger los bártulos y trasladarse a Filadelfia en busca de nuevos escenarios. Igual no se imaginaba la cantidad de socios que se le acabarían uniendo al proyecto. Primero como mero entretenimiento, y progresivamente por simple asociación melómana. Hasta conformar los siete jinetes del apocalipsis: Sean Yenchick, Megan Biscieglia, James Christy, Morgan Morel, Matt Marchesano, Jules Nehring y él.

Todos ellos más alguno más, hacen sonar más de una veintena de instrumentos. Los que dan forma a un álbum donde la multitud y diversidad no da lugar ni al caos, ni al sinsentido.
Doce canciones que se mastican como la tierra y el polvo que levantan los carruajes, en una travesía con destino incierto, pero igualmente definida. Wilderness Of Love arriba con una exactitud ligeramente marchita al oasis deseado. Donde no es el agua el elemento saciador, sino un espacio abierto casi espiritual y litúrgico que tiñe de folky gótico la psicodelía que otros pintan de colores y sol. Aquí el astro dorado da más sombras que deliciosos bronceados. Y aunque los bocados californianos intentan abrirse paso, es una oscuridad tórrida de Western Blusero, la que persevera en el caminar agonizante y redentor de toda la obra.

Se pueden olisquear guiños al Barafudle de Gorkys Zygotic Minci con “Indian Summer”. A Radical Free en esa artesanía que aflora en cada acorde, y un poso de sedimentos bárbaros que nos remite a un pasado tan ambiguo como omnipresente.
Pero lo verdaderamente maravilloso y seductor de estas doce canciones, es la tremenda aura que envuelve todo el disco. Ya no por un sonido inconcreto, que lo es en su sinuosidad. También porque logran trascender entre tanto intento fallido por excesos. El amanecer de “Green Riverside” con esa timidez que lo caracteriza, levitando entre el Low fi y las quebradizas guitarras en deuda con Bert Jansch. Y el cambiante sino entre lo que podría ser un simple ejercicio moderno de Surf pachuli bajo la influencia de The Zombies, cuando es la joya de “Endless Night” la que suena. Entre otras cosas, porque lo que otros muchos se han empeñado en afinar y contemporizar, ellos lo han convertido en simple genialidad.

Sería fácil escoger ese camino recto y cómodo, donde el trote vacilón inunda las pistas. Pero Shadow Band es otra cosa mucho más íntima y crepuscular, sin cargar las tintas del: - Oh dios mío, cuan desgraciado pero bello romántico soy!!
Y creo que en esta tesitura, ellos son los amos y señores de la sugerencia; que no de las atmósferas. Digamos que hacen de sus canciones por hermandad y juramento, dignas herederas de un Ennio Morricone veinteañero cuando “Morning Star” o su single “Eagle Unseen” dan con el contrapunto a su primera y apreciable languidez.
Su anunciamiento de debutantes no es esa cosa de parecer algo y perder en el camino la credibilidad. Dan sentido verdadero y sincero a lo importante en un disco: Que todo suene con fundamento, credenciales, y con un mensaje concreto. Sin tener nada que ver si se martillea en un sonido de culto, si te pierdes en el mensaje final o te mantienes fiel a un mito de factura heróica.
Para que te crean debes desterrar ese empeño latente en querer trascender. Porque al final, solo las canciones y la sensación final de profundidad, son las que el tiempo premia.

WILDERNESS OF LOVE entra lentamente por los poros deteniendo la velocidad de la vida. Te pone la zancadilla tan tontamente como el trastabilleo de recién levantado.
Parece que van a despegar con esa canción memorabílica y de repente, te meten la cabeza en plegarias dignas de santería con “Shadowland”. Camina infructuoso, pero todo va cobrando sentido por como las canciones se abren como brotes y floridos de no más de dos minutos y poco. Las flautas, los coros, las percusiones y guitarras suenan a duelo al alba con su tema bandera “Eagle Unseen”. Y vuelven a dormitar con tal dulzura penitente en “In The Shade”. Para luego voltearte las tripas y la bilis de madrugada a la hora de “Mad Man” con un blues araposo.
Y cuando crees estar tocando el cielo extasiado, lo que haces es flotar en una nube/pradera de filamentos finos cosquilleándote la pelvis en el más largo de los viajes de seis minutos a la hora de “Darksider's Blues”. Su cierre con “Daylight”, posiblemente una de las canciones más bellas del año.


Titubeantes de primeras, y enfermizos a medida que van tejiendo eso que quieren. Porque lo que a otros les reluce como un corte y pega, a ellos les sale del alma; pura sincronía. Con tanto encanto por lo evidente como lo sugerente. Suponiendo como supongo, que todos somos animales queridos de que nos arranquen eso que ni nosotros conocemos.
Por eso, supongo, que cosas tan extrañas, feas por fuera y bonitas por dentro nos encantan. Llámalo morbo.