viernes, 16 de septiembre de 2016

KEVIN MORBY & CASS MCCOMBS_ DOS PATAS, Y UN BANCO...





Años ha, se creía, se afirmaba y defendía la incontestable necesidad de las cuatro patas para sostener la base horizontal de un banco. Tuvo que venir Walter Gropius a principios del siglo pasado con la Staatliche Bauhaus. Para demostrar que la inventiva y el equilibrio natural de las cosas, hace más por la funcionalidad, que el exceso.
Eso mismo pasa con esta pareja dual: Uno de Texas, y el otro desde California respectivamente.
Dos elementos dispares con diez años de diferencia, que operan de Oeste a Este separados por las planicies de Tucson. Y que este 2016 han vuelto para propalar el remedio que todo me cura.


Como la cama que mitiga el cansancio, el agua que sacia la sed o el estado reververado de los paisajes que da esa paz desde la vista, hasta lo ramificado de los sentidos. Al volante y con ese desperezar de las luces a las cinco de la mañana. Cuando solo se oyen llamarse a las tórtolas y al aliento fétido de la noche.
Conducir mientras suena SIGNING SAW y te traquetea ese chucuchup de “Cut Me Dow”; como la máquina de vapor que arranca poco a poco. Da el mismo placer, que una taza de café disolvente de legañas y huesos entumecidos.



El niño Kevin ya no es tal, no es ya el ex bajista de Woods, sino KEVIN MORBY: Arquitecto de su propio universo desde cero, cuando aprendió a tocar la guitarra con diez años. Tres discos son ya suficientes, creo, para asegurar que él es su sonido mismo: La cadencia cacofónica de su voz, las texturas y recovecos de su sonido, y esa atmósfera sonora que produce ese paso constante que hace de su folk blusero con guiños jazzísticos, un rito equilibrista.
No es preciso abrazarse desesperadamente ya a las liguerezas más rockeras de “I Have Been to the Mountain” o “Dorothy”; por engatusadoras que sean, cuando “Singing Saw” te sumerge en una catarsis honda y magnética como un vórtice. No es necesario ni obligado. Pues el extraño efecto que produce su despreocupada voz, cabalga con tal soltura y seguridad sobre esa montura de Folk misterioso, balsámico y delicioso, que basta con aflojar los brazos y dejarse llevar.
Fue este disco el que dio el pistoletazo de salida a mi último viaje por tierras gaditanas. El que puso el punto de partida y concluyó con una hermosa oda de ocho minutos al quejumbroso country de “Water”. Esa misma que refresca e hidrata las bolsas oculares resquebrajadas por las escasas horas de sueño. Y que ahora, semanas después, se fusiona con otro. El de CASS MCCOMBS.
Un viejo conocido por estas lindes, que ha regañadientes, y tras posponerlo en pos del disfrute a riendas del Levante Atlántico. Ahora, y solo ahora, recobra en toda su extensión, cuando espera uno en el cadalso, la vuelta al trabajo.


Es justo pensar que esta innopia creativa que ha secado la tinta de este blog durante este largo periodo, sea producto de esta falta de silencio. Asomarse al balcón a liarnos un pitillo, contemplar el barrunteo de la calle y sus quehaceres, y dejar correr MANGY LOVE. Esa novena prueba de fuego que supone enfrentarse a un nuevo disco del de Concord, y no dejar de pensar que algún día dejaremos de amarlo. 
Lo cierto es que eso no ha ocurrido. Y me lleva también a pensar, si será amor o la simple familiaridad de levantarnos cada mañana a su lado.

El impasse productivo desde el taciturno Big Wheel and Others del 2013. Me ha llevado a aferrarme a la colección de rarezas que publicó el pasado año; donde por cierto, hay verdaderas joyas. Con la evidencia de que este hombre es un compulsivo hacedor de tesorillos enterrados.
La puesta en marcha prácticamente distendida de “Bum bum bum” puede llevarnos a caer en el error del aburrimiento. Caer en el crepitar de los goznes y socavones de su lado morboso que tanto les/nos pone en “Rancid Girl”. Ese que nos remite a su anterior e indómito trabajo.



Pero siempre siempre hay una canción; la arribada. La Manchuria deseada que se desliza pusilánime ante tus ojos y oídos. “Low Flyin' Bird” es esa especie de embrujo de Soul vegetal, que te hace rebobinar hasta el principio y comenzar de nuevo. Le sucede “Cry” y ya puestos, pides la muerte por amor sin compasión. Dos joyas de terciopelo deslizante, eróticas y tan tremendamente sensuales que crees ver en el umbral, la figura de Curtis Mayfield o Marvin Gaye.
De ahí en adelante el disco alcanza un estado precioso, y no es que lo primeros compases desmerezcan. Cass ya nos tiene acostumbrados a sus caprichos moduladores, o a esa cantidad de texturas que es capaz de explorar. Desde los ritmos skatalíticos de “Run Sister Run” que mutan hacia el pop. O esa especie rara de elegancia noctámbula que homenajea a Brian Ferry cuando le toca el turno a “In a Chinese Alley” o “Switch”, y que esta tan presente en todo el disco.

De echo “Loughter is the Best Medicine”, “Medusa's Outhouse” y sobretodo “Opposite House”, ya logran desde el principio ese efecto paradisíaco. Esas cadencias en clave de Softfunk de la primera que se apoyan en sus preciosos vientos. Y que nos sumergen con constancia en un permanente estado de estío, por más que el réquiem final de “I'm a Shoe” nos anude el estómago.
Por más que la climatología se empeñe en plagar de nubes alisias el cielo. Que las centellas y la piel destemplada nos anuncie el Otoño inminente. Y la mente te teletransporte con estas canciones a las salvajes y atlánticas costas de Atlanterra: Con sus caídas de sol, con esas flores raras blancas que miran a la playa, y sus peces besándote los tobillos en sus cristalinas aguas. El Verano se va, y con él, el rubor de nuestras mejillas por el amor incondicional al sol y los paisajes infinitos.
Pero no desfallezcan, los estados cambian y nosotros con ellos...

Kevin Morby estará en la sala Apolo el 22 de Noviembre y si te animas, Cass McComs el 3 de Noviembre en Lisboa, hasta que algún lumbreras se le ecurra acercarlo a nuestro país aprovechando la coyuntura.

lunes, 12 de septiembre de 2016

THE MONOCHROME SET_ COSMONAUT/2016: DAME MANTEQUILLA!!




Tenía que ser el treceavo -y va de retro- disco de esta extraña e incalificable banda de Londres, la que me sacara de mi vomitivo letargo? Noo..... han pasado suficientes cosas en estos últimos tres meses dignas de mención?; si cuento desde mi última entrada, claro.
O fue ese agujero oscuro y ponzoñoso que me tragó, y ni siquiera tuvo el valor de escupirme. Será esta retahila de sinsentidos que nos/me abruma, y viene aconteciendo en este basto planeta que nos contiene. O es otro ataque más de inconstancia de esos que me sobreviene de tanto en tanto.

El caso es que como no acostumbro a preguntarme el porqué y no acostumbro a buscar culpables; por aquello de no cederles ni el más mínimo protagonismo. Aquí esta la excusa perfecta para no tirarme baranda abajo en uno de mis desvaríos. Sin que sirva de precedente, una novedad rutilante. Tanto, que una sola escucha -algo tan anómalo en mi, como extraviado- ha sido suficiente para certificar la grandeza de COSMONAUTS. El cuarto disco tras la reunión, de la banda de Bid, y el ex Adan and the Ants Andy Warren; esta vez sin Lester Square.


Desde aquellos deslumbrantes por extraños e inclasificables discos, que nos abrieron una grieta de luz. A esas cándidas almas perdidas tan desubicadas a finales de los 80; en las que me incluyo sin la más mínima arrogancia. A costado horrores volver a cogerles el hilo que se deshilvanó con los memorables: “Apocalypso”, “Heine Symphonie des Grauens”, “He's Franck”, o “B.I.D spells Bid”.
Ese compilado de marcianas canciones que ya un loco mecenas sirvió en cassette en Ceuta por el 89, a unos amigos. Y que éstos, como mandaban las buenas prácticas, se encargaron de enaltecer el bello arte del correveidile.
Así es como ocurrían las cosas por aquellos años de desinformación ilustrada. Ni revistas, ni emisoras, ni modas, ni tendencias o mala internet que lo desvirtuara. Y algo así como los secretos que se pasan de padres a hijos, y que en ese caso era de mayores a pequeños. No vaya a ser que alguien se crea que alguien invento lo raro, exclusivo o novedoso.
Existe desde que la música es música!!

Ubicados en el departamento del New Wave; donde se metía todo aquello que echaba a perder las cuatro reglas de la música de siempre. Monochrome Set se confeccionaron a medida un extraño y desvariante universo, donde todo tenía cabida; desde lo oscuro a lo luminoso a su curiosa forma de vestir. Pasando por lo hortera, la pachanga o el glamour más vicioso por desenterrar ritmos pasajeros.
Los estilos pasaron, hasta de moda, pero la banda de Bid tanto si le daba por su segundo proyecto de SCARLET WELLS, o por volver a resucitar esos ahora todavía incomprendidos MONOCHROME SET. Nunca pasaron de moda, básicamente porque jamás lo estuvieron. Nunca tuvieron nada que perder, porque hay sonidos y actitudes que están por encima de modas regladas, o por eso de parecer correcto ante los ojos inquisidores de la norma.


Su carrera ha sido irregular como la que más. O eso, o desconcertante por su más absoluto nihilismo estilístico.
Pero el caso es, que cuando se ponen, se ponen. A mi parecer, hacedores de hits inmortales aunque a veces pierdan la brújula. En COSMONAUT no hay un solo pero. O eso, o Bid (Ganesh Senshadri) se ha empollado los mejores secretos del  estirado de Lester Square. Sacado punta a su eléctrica TMS de toda la vida, cual alumno avezado preparado para iniciar el nuevo curso y recobrar el riveteado y florido ritmo que siempre nos perdió.
Probablemente esa dupla que desproveía su anterior disco, o regreso resucitado en regla, de su anterior disco. El cual carecía de esa inmediatez, salvo en algún tema contado. Tiene ahora un músculo capaz de humedecernos la mejilla, con esa lagrimilla de adolescente melancolía.



No hay más que perder la vista en un punto infinito, y ver como su carta de presentación -Cosmonaut- crece como la rociada espuma de puliuretano en el transcurso de sus cuatro minutos cuarenta y uno. Cambiante y metamórfica justo cuando a los dos minutos y quince, Lester frunce el ceño y la pone patas arriba.
Suddely, Last Autumn” ensalzan esas tonadillas fronterizas que cruzan y mestizan las mil culturas coloniales, a un paso elevado donde el Rock&roll se encama con el Pop, las raíces orientales de su líder, y algo que ya inventaron ellos hace muchos años y nadie alcanza a definir con soltura. Lo funambulista del viejo órgano del transformista y escuálido John Paul Moran entra en escena en “Squirrel in a Hat” dando con el ingrediente sagrado que engrandece este fantástico postulado de acetato. Y acaba de producir ese curioso efecto cuando uno cae rendido ante un gran disco, y lo sabe.

Crees y esperas temeroso que el efecto se diluirá o todo es fruto de la ilusión ópticoemocional; nada más lejano. “Put in On the Altar” es la confirmación.
Un temazo expansivo de Pop elegante que... -y no lo vais a creer- es capaz de adrezar con ese Soulreggea que a mi, me es tremendamente familiar, y me recuerda a nosequé canción del del desaparecido Marley. Y quedarse intacta como una auténtica obra maestra de Pop de blanco satén engarzada en el disco. La mejor sin duda y una de mis preferidas por los recovecos de sus textos y su estructura en si.
Tigress” coge aire en ese tono reflexivo que más que por estado de ánimo, transmite en sus cadencia la descarga de los años y esa vuelta a casa meditabunda. “Stick your Hand Up if you're Louche” podría ser un tema de Scarlet's Well, o una de aquel Dante?s Inferno del 90, pero mucho más creíble.
Félé” otra de las grandes, recobra de nuevo esa soltura arty festiva, y es la que mejor ilustra el tono colectivo del disco. Donde letras, coros, cuerdas y teclados están tan en su sitio, que abruman.
Kigfisher Blue” ajusta los bornes de ese western trepador que parecía marchitarse en anteriores entregas. Lo hace poético y hasta paradisíaco.

Con “Monkey Suitcase” vuelven a la carga con una bofetada carrillera de esas que suenan a oquedad. Y de la cual, uno es incorregible dejar escapar una mueca y tomar como un mal chiste a los The Last Shadow Puppets. Más todavía al echar atrás la memoria y recordar su farándula del último PS_2016.
El cierre y hasta pronto a cargo de “Lost in my Own Roon, Dreaming”. Ese tipo de canciones que los hace únicos, y capaces de engrandecer su alargada silueta con un estilo aún por descifrar. Seguramente porque independientemente de su estado de inspiración, The Monochrome Set se hicieron a si mismos en un puro estado de psicodelia inventiva, fuera de toda moda.

viernes, 22 de julio de 2016

NATHANIEL RATELIFF & THE NIGHT SWEETS... Esto era en la BARTS de Barcelona 06/07/2016




Ni muerto, ni de parranda, ni de cañas; chévere cochévere. Chevere!! Pero cierto amigos es, que si alguien debía patearnos el trasero y sacarnos de nuestro agujero de muerto en vida, ese era Nathaniel y su banda.

Un mes después de nuestra última publicación. Y cuando un servidor mismo, ya se daba por ahogado en la zozobra de la pereza, el ungüento sudoroso y esa mirada al infinito de cánula veraniega. Ha tenido que venir este tipo mitad personaje de dibujos animados y dispensador de abrazos, a resucitarnos por pura descarga a pelo. Esas cosas que uno hace sin saber muy bien porqué, pero que visualiza en su imaginario fantabuloso como un puro acto de instinto salvador.
Ya hace tiempo que mis actos no los mueve la lógica, lo racional y seguro. Porque dios!! Si a estas alturas de la película, uno debe guiarse por los laberintos de la música cogido de la baranda o con andador ¿de que íbamos a vivir si no es de abrirnos paso a hachazos entre la maleza? No puedo jactarme de ser fiel seguidor de este personaje de Missouri. Pero la escucha de su último y remozado nuevo disco en un día de trabajo abrasador, es suficiente sinrazón para acudir en la busca de su SoulRock de cítrico granizado.

De esto ya han pasado días; muchos y hasta demasiados. Pero ya sabréis que de un tiempo para acá ya no hay método ni lógica que maneje a este blog tan difuso como inconstante. Tantos, que he tenido que tirarme al monte de Amorebieta para recuperar la cosa esta de escribir sin razón aparente; o sí.
Razón si la hay, como la de hacer un crónica de mi último Primavera Sound, de lo que escuché allí, y de lo revelador del reencuentro: Ver y oír aquello que uno no predestina y ni siquiera acabas obedeciendo.
Como veis no ha habido tal crónica. Se empezó, y de la misma manera que la inicié se pudrió como un plátano al sol. Y es que son la ganas de disfrutar de los momentos instantáneos las que se anteponen a la estrategia de urdir un plan; no lo hay.
De esa misma manera se gestó la idea de ir a ver a Nathaniel Rateliff. ¿Motivos? Pues no, simple impulso veraniego.



Uno de esos conciertos tan chulo y guapo como el curioso público de la sala BARTS. Ya sin el ánimo crítico que me caracteriza con lo que uno “en teoría”, debería encontrarse en un concierto de esta índole. El flujo de las modas que lo llaman y que lleva de la mano a la gente supongo. Yo. Yo soy de ambientes más cutres, temerarios y de monstruo de feria.
Pero vamos que aun mascullando, lo hago más por puro “voyeur” que por importarme; que es poco o nada. La facultad de las especies para sobrevivir, mimetizarse y adaptarse a ojos de los demás es más divertido que enrocarse.


Arranque trepidante como el de las pole de las motos el que imprimió Nathaniel con “I Need Never get Old” y “Look It Here”, quemando goma de salida. Dos canciones que ilustran a la perfección de lo que va este larga duración con vuelta de tuerca incluida, donde el amigo aparca su folk rocoso para que sea el Soul, el Rhythm&blues, y esa base de rock impulsivo la que se sume a su particular forma de entender la raíz, y escupirla.
Se puede teorizar sobre la autoría, lo que uno puede creer que es más auténtico según su bagaje en cuanto a los clásicos. O si me apuran, qué mide lo comercial, popular o sucedáneo. Pero lo que es incontestable, es que este invento con los The Night Sweats entra como un tiro. Tanto en esa fórmula fácil de temas trotones como los anteriormente citados, o el “Trying so Hard Not to Know”; que sonó hacia el final. Y claro, su parte más de arrumaco con ronroneo que tanto recuerda al Van Morrison más accesible con “Wasting Time” a la cabeza; por ejemplo. Junto a “I've Been Failing” fundiendo en blanco y negro.
En cualquiera de sus formas: el gradual vozarrón que sale desde sus pies puede con todo. Tiene ese brillo que te atrapa, y la banda: Sobretodo en su parte rítmica. La misma compresión que un motor bien ajustado.

Su último disco se basta y se sobra para incendiar cualquier sala (una más reducida hasta mejor).
Pero quedan bastantes joyas en su discografía para dar pie a la investigación, como la descomunal “Out On The Weekend”; con golpe de efecto incluido. Esa “Parlour” que engarza a la perfección con la balsámica “Mellow Out”... tutututútu... Predecesoras en tiempo como “I Did It”, o el detalle final con la versión del “The Shape I'm in” de The Band.

Se permitió hasta la licencia de silenciar del batiburrillo, el deslizar James Browniano, y el jolgorio que hace de sus conciertos. Para enmudecernos y elevarnos con sólo su voz y el escurrir de sus cuerdas, en esa versión a pelo del “I'd be Waiting
Ese tipo de cosas que suceden en mitad del tumulto, y te bajan bajo tierra. Allí todo suena más acallado, ciego, y en esa ceguera la desnudez casi siempre más preciosa.