Decía
Morrissey en “The Last of the Famous Internacional Playboys” así:
I never
wanted to kill
i am not
naturally evil
such
things I do
just to
make myself
more
attractive to you
have I
failed
Algo como:
Nunca quise matar; realmente no soy mala persona. Lo que hago tan
solo es para mostrarme más atractivo ante ti.
Me parece
desde tiempo, una de las mejores estrofas de su carrera en solitario.
Un especie de inflexión vocal por la cual nos expone la violencia y
el amor, como el reverso de la misma moneda. Una visión algo poética
sobre el crimen despiadado y la violencia reinante de los 50/60; no
mucha más que la que se vivía en la sociedad misma, de esos años.
Y que ejerce un hipnotismo sobre la visión en la distancia del
espectador, posesivo, morboso y excitante.
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KRAY TWINS & MOTHER |
Dos aspectos
aparentemente opuestos, pero estrechamente ligados desde tiempos
inmemoriales que se cogen de la mano aun a regañadientes. Y que
desde luego, alcanza su grado más expresivo en la tarantinesca
segunda temporada de esta fascinante serie.
Una precuela
de su primera sesión, donde Noah Hawley nos vuelve a poner sobre la
pista de la magna obra de los Hnos. Coen. Quienes supieron como
nadie, concentrar ese visión protagonista del paria, como digno
merecedor de una oda: Atontaos, inocentes lugareños, la inocencia
como máxime, ingenuos y soñadores, brutos y salvajes, matones de
barrio, tiranos paternales, buenas personas vestidas de heroicos
justicieros, deformados, tullidos y el Sr. Murphy haciendo de su
ley, la espada de Democles.
Sería muy
simplista decir que la serie en cuestión; producida por los mismos
Coen. Es un acto de pura egolatría, o un homenaje a ese universo
personal que se concentra prácticamente en su filmografía del 1985
al 2000; la más imaginaria y talentosa. Pero no, la oscarizada
película llevada a la pantalla chica, tiene mucho más que eso: Una
sucesión de guiños a esa filosofía, donde el amor fraternal hace
de la cruel y violenta vida algo entrañable.
Pasar por el
filtro televisivo uno de mis iconos cinéfilos más potentes, de
entrada con rechazo y desconfianza absoluta, fue revelador. Pero
tener un sobrino con el comparto fobias y filias tiene estas cosas:
que a uno lo tienten con el caramelo, y la acabe viendo.
De la
primera temporada, debo admitir que su nueva puesta en escena: Aparte
de esos dichosos guiños donde se calcan algunos momentos memorables
del film y una recreación casi exacta de los echos. Claro está,
incidiendo en el entorno, los personajes y la rocambolesca situación
desde un prisma y enfoque distinto; más retorcido si cabe. No
encontramos, con una insólita visión en modo historia bastante rica
en matices e incluso en aspectos que se habían pasado por alto en la
película.
Digamos que
se ha ahondado más en el concepto de hacer un thriller intenso,
bizarro y paradigma del absurdo, sin que por ello parezca una
comedia; que sería lo fácil. Fargo puede parecer una mofa sobre lo
rural, apartado o ingenuo. Pero es un canto increíble a la sencillez
que nos ocupa el día a día, las casulidades e impredicible de la
raza humana: no hay épicas ni el glamour de Chicago. Hay un zoom
dilapidador sobre conciencia humana, la angustia, y como lo bueno y
lo malo se encuentran en el camino sin apenas discernir.
Billy Bob
Thorton puede despertar simpatías y cariño; pero es un hijoputa
despiadado. Marin Freeman empatía y algo de piedad, pero acaba
siendo un cabroncete vanidoso. Y Allison Tollman la perfecta Frances
McDormand con corazón de muffin, tierno y mullido.
Dicho esto y
teniendo en cuenta lo bien llevado que está el guión. Ni que pensar
tiene, lo que llegaría a dar de si la idea original, en desarrollo
e imaginativa recomposición de los echos. Alguno se preguntará -
¿era necesario hacer una segunda temporada?- vamos, que era una
simple película.
Puesssssí!!
no solo necesaria, obligatoria, medicinal y agitadora sin más. O
sea, que al margen de cualquier pega que uno le pueda poner. La
segunda temporada de Fargo es puro entretenimiento, con un plus de
muy buena dirección, narrativa y fotografía. Todo un lujo para
exprimir la alta definición de la tele.
Verdad es
que el trazado de la historia y el guión flaquea en lo que respecta
a la original, o la primera temporada: con mucha más sustancia -no
lo iba a ser, tratándose de una reconstrucción- pero lo suple con
una , magistral estética visual, paisajística, y malrollismo.
Focalizada sobretodo en los personajes y en el entorno.
Patrick
Wilson, Kirsten Dust, Ted Danson, Jean Smart, Jesse Plemons, o
Jeffrey Donovan se prestan a ello. Y recostados sobre un fondo
musical de lujo: El “Oh Well” de Fletwood Mac;
pedigrí. Y no solo eso: Alix Dobkin, Bobby Womack y su
increíble cover del California Dreamin', Jeannie C. Riley,
Black Sabbath, Cymande, Heinz Jahr, White Denim, Jethro Tull, José
Feliciano, The Dramatics, Devo, Wayne Chance, Yamasuki, Fats
Domino... y un montón más. Ya no solo por la selección de
dichos temas, sino por la importancia que le dan a cada escena.
Un viaje al
pasado que nos vuelve a situar en la encrucijada de Kansas, Missouri
y Oklahoma. Violencia que se ejecuta y sucede con un fondo de paz
idílica que sacude desde dentro. Noah Hawley recalca
inteligentemente esta pequeña obsesión que perseguía a los
hermanos Coen desde sangre fácil: La violencia no solo como un echo
tangible, sino como estado latente que rompe resquebrajando esa
dualidad entre lo fiero y tierno.
Como un
cuadro colgado en el lecho del salón. El mundo parece devorase igual
que Saturno lo hacía con su hijo, mientras los dramas ajenos se
descomponen en un degradado atardecer. La visión de unos echos que
rozan lo estrambótico y salvaje, contrastan con una cotidianidad de
absoluta normalidad. Es como un retrato en realidad, de nuestros
días: el caos y las penurias anónimas de los espectadores
indefensos.
La trama
esta vez de Fargo, nos muestra el poder patriarcal de una familia
podrida y su lucha de poderes. Tras el inesperado ictus que afecta al
cabeza de familia, y un triple asesinato que conmueve a un pequeño pueblo de Missouri. Desde un punto de vista, eso sí, indolente y
derrotado. Espontáneos que aparecen escena con cierta altivez,
exigiendo cetro y aplausos. Perdedores también, que buscan su plano
entre una jauría y la condición humana como eje transversal.
Sí,
en el fondo lo que los hermanos Coen han hecho durante toda su
carrera, es escarbar en la condición vanidosa, cruel, egoísta y
contrapuesta entre lo bueno y lo malo, del género humano. Y amigos,
ahí en realidad y al margen de géneros, hay mucho donde prospectar.
Todo parece
suceder en escenarios paralelos, pero con un vínculo poderoso. Y la
velocidad con la que desarrollan los echos que aturde a instantes al
espectador, tiene eso que se le exige a una serie televisiva: pura
adicción por ver hacia donde nos conducen los protagonistas, sin
pensar siquiera las consecuencias.
De echo,
aunque la serie negra de fondo nevado hasta los tuétanos. Tiene tanto de humor negro, como de aquel cine en blanco y negro que nos crió en los 80 con los ciclos de la segunda.
Desconcertante
por el giro que toman las circunstancias. Suicida cuando todo parece
conducir al acabóse, y de repente la nada.
La
desolación en modo remanso de paz. La ternura expansiva como el
suspiro largo después del relámpago. Y la paz interior que nos
explota, se quiera ver como se quiera: Desde el placer del lecho
familiar que todo lo puede. Desde el amor todopoderoso, o simplemente
o independientemente de que sean los buenos, los que ganen ... y fueron felices y
comieron perdices.
Se pueden
ver del derecho o del revés, pues aun teniendo las dos un vínculo
hereditario, no dejan de ser dos historias paralelas. Ahora bien, yo
recomendaría verlas por orden; vale la pena. Y si eres de aquellos
que sufriste los escalofrío al ver tu sancta sanctorum del cine con
mayúsculas, mancillado por tragabolas televisivo. No me seas
pejiguera y por una vez en la vida déjate hacer. Que no se diga que
en el sexo o el amor, nunca fuiste lo suficientemente sumiso.
Lo agradecerás...
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