lunes, 7 de diciembre de 2015

TANGUERINEMIND: LAST ÚLTIMA PLAY*LIST THIS AÑO




Corrían años y días como hormiguitas laboriosas. Unas sacando pecho de cabeza roja y afiladas fauces, otras diminutas cabizbajas agitando sus antenas mientras mordisquean la carne más mórbida y derretida. Cada bocado tocaba con un tono de campana de Shuválov el paso infatigable del tiempo: la aproximación a la caída al vacío del año, que se nos va.
Mientras tanto y seguro como estoy de que nos precipitaremos catarata abajo, sin más escalofrío que el de una despellejada mañana de Enero. Lo veo pasar y hago cuentas de que justo por estas fechas hace dos años, la vida me daba otro descuento.

Son esos trayectos continuos al hospital, para ver a mi convaleciente madre; durante semanas pasadas. Los que me han dejado anulado en práctica y teórica, de todo aquello que lubrica mis engranajes: ejercicios gimnásticos, piscinas, crónicas, escritos y papelotes...
En cambio sí me ha devuelto otras que tenía casi olvidadas: Hacer un recorrido en coche más largo que esos escasos 15 minutos hasta mi trabajo, para escuchar más música de lo normal; remedios que también curan. Volver a recorrer los pasillos de un hospital, la santidad inmaculada de enfermeras y asistentes... Y pensar que ya es casualidad que justo dos años más tarde, las circunstancias de la vida prestada, me hayan puesto otra vez ahí. Para darle más empaque a una conmemoración que no celebro, pero que siempre tengo presente.

Me han vuelto de golpe y sin quererlo, las pasiones por devorar mandarinas a tientas mientras conduzco hacia el hospital. Me gusta el tacto, el olor que impregna uñas y toda la estancia del vehículo.
Nunca fui un devoto por estos pequeños frutos cítricos , hasta tal extremo. Pero allí a oscuras, en la habitación de la 9ª planta y de madrugada, no hacia más que comer mandarinas como un poseso. Dicen que los cítricos estimulan la absorción del hierro y debía ser eso; la naturaleza humana y su sabiduría. Desde entonces, llegadas estas fechas, se me abre un apetito voraz por las mandarinas, y sobretodo por su olor adherente y penetrante. Las desgajo, me las como y después, aprieto fuerte con las manos las peladuras para que estallen cada uno de sus poros llenos de jugo. Instintos animales que me despiertan en otoño, justo en el vestíbulo de este frío invernal que por fin llegó.
No solo las mandarinas, también las naranjas, uvas, los Kiwis duros y prietos, y los tomates en cualquiera de sus formas. El oscuro de las uñas y el filo del cuchillo troceando deliciosas alcachofas. El tacto aterciopelado al hundir las uñas cuando desgranas una a una, las vainas con sus habas. Los jugos en tus dedos y el perfume a sangre vegetal.
Ritos seculares de los que no sabes si es el destino o la mecánica del hábito sonámbulo. Los que en el ejercicio de nutrir estómagos o sentidos, hacen a la música y a los alimentos, perfectos e intrínsecos compañeros de viaje.


Un lamento agónico: el de morir con las botas puestas, antes de levantar acta. Reivindicable, por el simple hecho de ser uno de los más satisfactorios y reconstituyentes. Será la evocación al deceso, al ver pasar las luces a toda velocidad como en una autopista de madrugada, o el renacer cuando está todo vendido.
El caso es que no voy a dejar pasar la oportunidad de dar constancia de algunos de mis caprichos. Tres, que podían ser más, pero que confío en vuestra intuición, arresto y valentía para escarbar con uñas y dientes, el resto. Empezando por esas capas profundas, inquietas y móviles que agitan la comodidad de las avenidas asfaltadas. Y acabando por las menciones obligadas.

Ahí abajo, aunque algunos piensen que es el paso sincronizado del metro bajo nuestros pies. Se esconden los auténticos machacas de todo este circo. Aquellos que hacen del camino cómodo, de la doma y los sabores estándar, algo menos condescendiente; romántico o suicida si se quiere.
En definitiva la esencia de ese término maldito que es el “indie” o “alternativo”. Y que por mucho que algunos renieguen, fue el meollo de todo el asunto hace un par de décadas; en serio, todavía quedan de los que no se avergüenzan y lo practican con dignidad.


MAD ROBOT_I DECLARE WAR

No es de extrañar que ahora que todo se mide por popularidad, cabezas de cartel o el puesto más alto en las estanterías del FNAC. Muchos se jacten de no ser “indies”; de ser algo mucho más democrático, amplio y complejo. Eso sí, por el camino se dejaron las melodías, los cuatro acordes y la definición del delantero matador.
La cosa es que a algunos todavía nos llama el grito de la selva, hartos un poquito del existencialismo.
Si amigos, la vida como los gustos son cíclicos, y quien no lo quiera entender, es que ha picado en el anzuelo; los Albert Rivera de la música también abundan como las moscas en un Ecoparc.

Los Valencianos MAD ROBOT con Mike Grau a la cabeza, y superviviente de los extintos Furious Planet, regresan dos años más tarde de su puesta de largo con Blacklisted/2013: Un disco gestado, de la más pura inconformidad por la escena musical actual. Paso al frente y de cara, para facturar algunos de los textos más lúcidos y explícitos, de ese mal ignorado e inspirado movimiento del Pop de guitarras nacional, que opera en la retaguardia y que tantas gratas sorpresas nos está proporcionando (Las Ruinas, Black Islands, Cuello, Mourn...).
Para eso han decidido hundirse un poco más en las angostas ruinas de los 90. Y coger aquellos escombros llenos de polvo con los que otros no quieren mancharse las manos; dar un paso más hacia el abismo como se dice. Quien no arriesga ni gana ni pierde, se queda igual. Con todo eso les ha quedado un disco laberíntico, lleno de aristas (defectos/virtudes), y una extraña mala baba que se quiere igual que jugar de chico a hacerse daño.

Canciones que transpiran una fórmula menos familiar y más primaria. Mecánicas que recuperan el invento del siglo. El mismo que hizo de Thermals, unos Weezer más inconscientes y naturales, o ese truco/trato entre los tiempos de los viejos Mustang y la era del hierro y la herrumbre, cuando las guitarras ácidas igual te hacían sufrir que bailar; se acuerdan del DIRTY de Sonic Youth? “Human Error”o “Death of Criticism” lo consiguen de largo. Posicionados en el incómodo territorio de la forja de los que la mayoría se alejan, por miedo a parecer demasiado reales. Mad Robot se balancean igual entre la amarga dulzura de “I am a Fake” o “Problematic”; dos temazos que ensalzan la ambivalencia de los REM más combativos. Y embestir con más fuerza si es menester, cuando se consigue que textos y música queden en un mismo plano; ese difícil propósito de no morderse la lengua y resultar poéticos. De rendir homenaje a difuntos y olvidados en la cuneta (Pixies en el título y cierre del disco “I Declare War” o a unos Dinosaur Jr con los pantalones más planchados y mejor peinados).
Girando un poco más la tuerca, apurando más si cabe la frenada en las curvas que vienen mal dadas: “Ready for Love”, “Go Extinct” o “Kill the Mainstream”, tienen ese mismo efecto de gancho en el mentón cuando golpea la vida y se tiene poco o nada que perder. Su, Mike Grau, Carolina Otero, Borja Boscà y Robero Timón por fin como una banda con piernas y brazos, hacen de la unión la fuerza. “Solo no puedes, con amigos sí” !!

PRESIDENTE_ILUSTRE VENTANAL DE ESTRATEGIAS

Sin dejar de lado el efecto lírico de las melodías cantadas. Hace un par de años dimos con el pequeño sello discográfico ENTORNO DOMÉSTICO. Allí descubrimos la efervescente escena musical de un país tan lejano y desconocido como Venezuela. Y fue por entonces el debutante Roy Valentín (uno de nuestros favoritos de aquel año), el que nos pusiera tras la pista de Heberto Añez Ochoa aka. PRESIDENTE.
Por entonces tenía recién publicado Chuca Chuca II: un ensayo sobre este desencorsetado proyecto, donde se juntan géneros tan dispares como la electrónica, el funk, el pop, o los ritmos latinos desde una perspectiva romántica, baladista y ciertamente glamurosa. Un sonido que vive, ejerce y reinterpreta algunos de los sonidos más sesenteros y cañís de épocas pretéritas. Un ejercicio que se remonta a tiempos y enfoques muchos más libertinos que los de ahora: La influencia vital de la Fania en Nueva York durante los 60, su mestizaje con el crisol cultural de la ciudad, estilos que en parte también aportaron Italianos y su explosión en Studio 54. En el fondo, Funk, sonidos disco, música latina y la música negra, están mucho más presentes en lo que conocemos hoy en día de lo que podemos imaginar; si no, que se lo digan a Daft Punk y a los LSD Soundsystem.

En cualquier caso y sin perder el norte. PRESIDENTE es más fácil que nos remonte a la elegancia lírica y sonora de Carlos Berlanga, a los devaneos de Golpes Bajos y Germán Coppini con los tropicalismos, o porqué no, a la poética surrealista de Battiato. Sintetizando influencias: todo lo que engloba a los solistas pop de los 60, su proyección a los 80, y como sonaría todo eso 30 años más tarde desde un punto de vista regionalista venezolano.
Algo que podría parecer un galimatías, pero que se resume con facilidad al escuchar “Blanco sobre Blanco” o “La Sociedad (de la tierra plana)”: Declaraciones de amor incondicional en toda regla, a la música y a su elaboración desde un enclave doméstico; como bien define su sello. 
 
La delicada y cálida prosa que pone reflejos de atardecer a temas que beben más del latin jazz -“¡Oh Belghi!” o “Neoclásico”- Cuando son las historias de niñez, de aprendizaje, y aquellas lecciones fraternales que nos da la vida; y que aquí se expanden caleidoscópicas. O igualmente si son las palmeras del paseo las que se flexionan hacia la electrónica, como lo harían “Los Países” y “Bonsái”; que cierran este enternecedor álbum de ocho canciones. En cualquiera de sus formas, Presidente, se mece entre lo clásico y contemporáneo. Rompiendo un poco con los moldes que imponen las barreras temporales y estilísticas, en esto de delimitar y cercar las edades musicales de Lulú.

***********************

Ha tenido que ser ahí, al final de la calle. Cuando asaltados por la urgencia del final del año, acorralados de espaldas al precipicio, y liberados del peso de la conciencia, las canciones han salido por fin a mi paso. Zancadilleando un embelesamiento tan profundo como el empeño por soltar lastre que me ha acompañado todo este 2015.
Y he de admitir. Que después de ver pasar estos dos años, dejando que todo fluya según su curso, de manera natural. Los frutos caen por su peso cuando están bien maduros, y no cuando los tiempos lo exigen. Así que llegado a este punto, es ahora cuando de verdad estoy disfrutando de la música cuando toca, sin darle demasiada importancia a lo novedoso o los plazos que nos marcan los demás.

Van a ser muchas las que al final entren en esta última lista; más de las que imaginaba. Ahí van bastantes de mis discos preferidos de este año y volveré a comentarlas en breve, en el examen de fin de curso; no me importa, creo que se lo merecen. Otras muchas reseñas que se quedaran en el tintero, quien sabe si a lo largo del año venidero les daré su rinconcito en el blog.
De momento estos tres, puede que no los más deslumbranates. Pero de derrotados también se hicieron grandes héroes. Para darle un final digno, y sin más interés que el de alabar uno de los regresos más meridianos y necesitados:


ROBERT FORSTER_SONGS TO PLAY

Con tanta naturalidad con la que suena su título; el de su sexto álbum en solitario. Y el segundo en un espacio demasiado largo, desde que falleciera su compañero de viaje; el ex Go Betweens, Grant McLennan.
Recuerdo como si hubiera pasado anteayer, la vuelta a los estudios de The Go Betweens doce años después de su disolución con “The Friends of Rachel Worth/2000”, justo en la entrada del nuevo milenio. Como si quisieran dejar constancia de la impronta indispensable, de una de las bandas más discretas. Y tan omnipresentes como fueron en tantas y tantas generaciones de melómanos.

Me gusta cambiar el cuadro de la entradita cada mes. Ponerle un nombre y sus apellidos a un momento concreto del año; aunque no consten en ningún rincón de la cómoda. El de este mes pasado fue el Songs To Play del amigo Robert. Y llegó casi de inmediato a raíz de una entrevista que nos brindó nuestro dispensador Jorge Obón; él tiene un buen ojo, con el que casi siempre coincido (lástima que queden tan pocos).
Songs To Play es la antítesis de la estrategia comercial con la que en estos días -por ejemplo- nos torpedearan. Haciéndonos sentir un deseo irrefrenable por tener aquello que no necesitamos. Como el caer en la tentación del turrón de pastel de cerezas, cuando todos sabemos que el blando de almendras es el único e insustituible. El tragar en vez de saborear, cuando en esto de comer para subsistir, nos olvidamos de estimular nuestros sentidos y que en la buena materia prima está la clave de la exquisitez:
Diez temas hechos de la esencia, separando grano y paja para quedarse esta vez con la carcasa. De gallina vieja es buen caldo, de lo esencial y estrictamente necesario. Bocetos en definitiva, que capturan el mensaje al vuelo, con una lucidez apabullante. Las canciones de Robert Forster necesitan bien poco para envolverte y conectarte directamente con la época más huesuda de su antigua banda cuando suena la eléctrica “Learn To Burn”. Es un aviso para caminantes despistados, porque realmente son “Let Me Imagine You” o “Songwriters on the Run”, las canciones de Pop quebradizo y desnutrido que de golpe resucitan a The Go Betweens. Y no crean que se trata de buscar entre las fisuras y en los gestos , la necesidad de involucionar hacia épocas de Pop verdadero; ya saben, nostalgia del pasado con sucedáneos con los que contar batallitas.
Ni mucho menos. Song to Play, sin intentar lo más mínimo alargar la agonía, consigue transmitir esa misma sensación de suspiro largo con las que nos erizaban aquellas canciones del pasado. Es y no lo es, alargar un poquito más la leyenda de la discreción hecha virtud. The Go Betweens consiguieron que la timidez de una canción te quebrara el corazón, sin recurrir al escándalo. Pasaron como un ángel sin apenas trascender, y treinta años después siguen aquí con nosotros.


Lo fácil sería decir que este disco es indispensable por mantener viva la llama de aquella banda única. Pero lo cierto es que Song To Play son muchas cosas más:
Notar la presencia de Lou Reed, de sus tics, sus vicios y sus obsesiones en temas como “And I Knew” o “I Love Myself And I Always Have”; dos de las más grandes del disco. Podría ser también un sincero homenaje a dos figuras trascendentes como fueron Lou o Grant; con los siete años que separan ambas muertes. Se respeta escrupulosamente esa misma forma de concebir la canción dándole a cada instrumento el protagonismo: Violines espigados, bajos y congas que entran con discreción, apenas algún riff eléctrico y las cuerdas acústicas aterciopeladas. Los sonidos de un hogar que se despereza por la mañana, el olor a café, su musa Karin Baümler poniendo las voces y las cuerdas, su hijo ayudando y en definitiva. Un disco que destila por cada poro, comisura y arruga, cariño y familiaridad por los cuatro costados.
Cada canción podría ser una pequeño capítulo de una pequeña gran historia, sin embargo difieren en pequeños y sutiles detalles. Desde la desnudez de “And I Knew”, hasta la preciosidad de grávida ascendencia que es “Turn On the Rain”; una joya de Pop tremenda. Hay momentos en los que comparte la misma forma con la que Robyn Hitchcock concibió Love From London del 2013. La misma delicadeza, sensibilidad al tratar las canciones, el vacío existencial de sus canciones de instrumentaciones escuálidas. Solo que Robert Forster explora con mayor certeza esa retrotracción, para soltar lastre emocional. Y dotar de ese sentido ecuánime de cuerpo y alma, que antaño albergaban los grandes discos.


****************************

En este montón de canciones de grandes trabajos, esta la mejor cosecha de este año. Desde las bandas emergentes como los Australianos DMA'S, ABLEBODY, DEAD PARTIES, NAP EYES, TINY FINGERS, SEA CAVES. Hasta otros más consagrados como el determinante disco de JOHN GRANT, GUN OUTFIT, el fundador de The Coral BILL-RYDER JONES, el regreso de los Canadienses THE DEARS o el mimbrado ejercicio de orfebrería folk del Británico BOBBY LONG.
En la casi treintena de canciones que lo nutren, hay mucho donde ahondar. Sumergirse a pulmón y dar este último estertor agónico del difunto 2015, con la envergadura que se merece. Aun están a tiempo de llevarse buenas y nutritivas sorpresas, con las que cocinar un buen plato de fin de fiesta.

00_TINY FINGERS - Eyes of Gold
01_HALF MOON RUN - Trust
02_DAMAGED BUG - The Mirror
03_BEAT CONNECTION - So Good
04_YACHT - Chrismas Alone
05_DEAD PARTIES - Disappear
06_SILENT FILM - Lightning strike
07_MAD ROBOT - Death of criticism
08_HEY COLOSSUS - Hey, dead eyes, up!
09_SONGHOY BLUES - Soubour
10_THE LEGENDARY SHACK SHAKERS - Cold
11_NAP EYES - No man needs to care
12_COOL GHOULS - Creature that i am
13_DMA'S - Your low
14_BILL RYDER-JONES - You can't hide a light with the dark
15_EZTV - Calling out
16_ROBERT FORSTER - A poet walks
17_WILD RACOON - Next Summer
18_GUN OUTFIT - Gotta Wanna
19_ABLEBODY - After Hours
20_HATCHAM SOCIAL - Hanging rock
21_JOHN GRANT - Global warning
22_NEV COTEE - Follow the Sun
23_PRESIDENTE - Blanco sobre blanco
24_ALONDRA BENTLEY - Mid September
25_DOMINIQUE A - Central Otago
26_SEA CAVES - Spanning the River
27_THE DEARS - Hell hath frozen in your eyes
28_BOBBY LONG - I'm not going out tonight

martes, 10 de noviembre de 2015

EZRA FURMAN & THE BOYFRIENDS, Y ESA COSICA LLAMADA FELICIDAD/SALA SIDECAR 04/11/2015




felicidad.
(Del lat. felicĭtas, -ātis). 1. Estado de grata satisfacción espiritual y física. 2. Persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz. 3. Ausencia de inconvenientes o tropiezos.
Empeñados como estamos de buscarle a todo un significado, definición o explicación más o menos lógica. Con la felicidad fallamos y volvemos a fallar. Aunque teniendo en cuenta las últimas lindezas de la R.A.E y lo que hasta hace cuatro días definía como felicidad: Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien.
Está claro que un término tan subjetivo e intangible como la felicidad, el sentirse feliz o... creer que uno es feliz. Es tan variable y personal, como el ideal de belleza absoluta. Y claro, si ahí afuera no hay nadie en quien depositar tu incertidumbre ¿tendrá uno que salir a la calle a buscarse la tal felicidad?
Es evidente que no me obsesiona algo tan abstracto como la felicidad, ni el empeño premeditado de buscarla. Pero sí tengo muy claro que la música desde chico, es de esas cosas que me la proporcionan en más altas dosis. Desde que garabateaba tracklist de mis imaginarios discos en las contraportadas de los libros de texto del cole, hasta las mismas canciones de inglés inventado, pasando por los miembros de las bandas; extraídos de los créditos de la pelis de la tele. Desde entonces el pulso y las constantes de mi día a día desde que abro los ojos hasta que voy a dormir, son la música y todo lo que arrastra la misma. Ver una banda en vivo, seguramente sea la forma más expresiva, natural y comunicativa de interactuar con la misma y ponerte al plano/nivel del artista.
Y la música en vivo, claro está, es si se quiere. Esa parte íntima del autor que sin ni el mismo saberlo, pone al servicio del convaleciente y enfermizo oyente. Como ese mismo y viral medicamento para que, si bien no lo cure, por lo menos le palíe las recaídas de infelicidad y amargante realidad.


Como en las catacumbas que bajo el suelo raso se amontonan los osarios de feligreses y mártires de la causa.
En la sala Sidecar; si así se le puede llamar a ese diminuto refugio soterrado bajo los pies de una antaño temida Plaça Reial. Todavía, igual que algunos búnkers como el Jamboree o el Karma, se puede resistir al relumbre de esas preciosas terrazas plagadas de camareros pulcramente ataviados y cazadores de incautos turistas. Y casi se me van los días entre el desahogo y el suspiro largo de placer, cuando la semana que dejamos atrás me ha colmado de eso que decía, FELICIDAD.
La del Miércoles pasado después de casi necesitar cuatro días para digerir la de DRONES. Y lo que quedaba, rumiando el pasto de satisfacción; soy lento y estas cosas no me gusta tragarlas y defecarlas a la carrera. Me he pasado casi toda la semana reenganchado al mediador PERPETUAL MOTION PEOPLE. Con él me he resarcido de los casi siete años que separaban aquel demoledor “Inside The Human Body” de los Harpoons; su otra banda. Y lo repetiré miles de veces: entre sus inicios infructuosos con The Harpoons y su actual carrera, bastante más autosuficiente dista un abismo... o no. Lo que quiero decir es que no cambio ese disco por ninguno de los actuales con respeto, y por mucho que me encante el último. Lo aclaro, porque todo el mundo parece haberse olvidado de ese fabuloso disco.


Ese Miércoles puse todos los medios para que la noche, que se prometía como el reverso necesario a la lugubrez y tensión de The Drones. Se transformara en la distensión y luz allí abajo, en las tripas de Sidecar: Me abrí una botella de RÉ que guardaba de hace unos días de mi paso por Poblet; para ponerle una nota musical a la noche, antes de salir de casa ante un bocata de Jamón con Parmesano. Y salí buscando la tan ansiada felicidad. Su último disco así lo expresa por cada uno de sus puntos cardinales.
Me planté a las 21:00 en punto ante las puertas de Sidecar: Una cola discreta teniendo en cuenta que a esa hora ya debía estar a punto de empezar. Y todo indicaba que la cosa iba a ir con calma chicha #fuera prisas y angustias. Algunos feligreses pese a dar por echo que Ezra no iba a agotar entradas, y lo pequeño del garito que tampoco daba para pelearse por el mejor sitio, no se movían ni un milímetro.
Era gracioso incluso rozaba un punto el surrealismo: El ir y venir de plaza Real, sus restaurantes emperifollados; allí siempre es festivo. Y diez personas guardando sus posiciones en formación de a dos. Yo le pregunté a un miembro de la sala, respuesta: - uff va para largo, aun no ha llegado... Así que me pedí un Canadian con hielo y me salí a la terraza a beberlo con tranquilidad mientras devoraba un pitillo y observaba entre lo estupefacto y gracioso del tema. Fue llegando más gente, los minutos pasaban y el Whisky se consumía proyectando un filtro ámbar sobre la entrada. Cuando ya todo el mundo había entrado pasadas las nueve y media. Entonces, llegó Ezra Furman con paso tranquilo, una sonrisa socarrona y ataviado con un modelito de lo más chic.

Le di dos tragos. Cuando noté ya las sienes ablandarse a la mezcolanza del destilado, el tinto, y las cervezas a las que seguro no podría resistirme ahí abajo. Todavía pasaría un buen rato una vez dentro; casi media hora más con tiempo de echar un vistazo al merchandaising, a la gente (como me gusta escudriñar al personal, dios). Y a la gruta, que es como mejor se podría definir Sidecar: rincones donde antaño, cuando el Britpop empezaba a bramar, todavía se podían escuchar chirriar las guitarras y las armonías de los viejos somieres. Era un buen sitio para perderse en los 90, si señor; bastante más cutre que ahora, pero auténtico.


Echados a una banda; la de los lavabos y esa diminuta barra tan genialmente dispuesta. Sobre las diez y pico calculo, porque lo he de admitir, la verdad no sabría deciros a que hora empezó exactamente. Y es lo que tiene haber salido de casa con tiempo y agarrar una caravana de casi una hora, para después ver que llegas justo y te sobra una hora; son joder!! esas cosas que hacen mágica la vida
Allí salió Ezra Furman con el resto de la banda secundándolo, y el coscorrón en el quicio de la puerta de camerinos de rigor. El escenario es lo más parecido al del vídeo del Never Enough de los Cure. Ezra con esa sonrisa entre lo hilarante, inocente y pendenciero posaba para los flashes de mil y cientos móviles; menos de los que cabían en la platea. Pero yo creo que entre el calor y la defensa pretoriana de los que hicieron la fila con rigor, allí algo fecundó. Después Tim Sandusky (el saxo), maraca en mano, alucinando con el acolchado insonorizante del techo; que le rozaba el flequillo. El bajo a lo Höfner de Jorgen Jorgensen (jorge para los amigos) muy chulo; sonaba de la hostia. El resto con mención especial al bataca Sam Durkes, que le da un plus a las percusiones y yo, que por más que las busco en el disco no las encuentro, oigan. El caso es que en resumidas cuentas y después de que Ezra sobre el diminuto escenario, nos abriera el corazón hasta puntos de ternura, rabia y despecho. Se despachó a gusto porque rima; y ya está.


Si en su primera época con The Harpoons, era el acompañamiento y la puesta en escena lo que no estaba a la altura de las circunstancias y posibilidades de sus primeros discos. Ahora en solitario o con sus compinches The Boyfriends, pasa justo lo contrario. Su puesta en escena es justo aquello que uno echa de menos en el disco, y no será porque suene mal precisamente. Y lo más probable, sea que la banda encima de un escenario y con el público a un palmo tocándole los riffs; como pasó en Sidecar. Es cuando de verdad suena a delirio puro. Y da tres leches que Ezra se quiebre la voz sin conservadurismos que valgan, porque siguen sonando como una locomotora.
Gran parte de culpa la tienen los tres músicos anteriormente citados; sobretodo el primero. Y claro está, aunque Ezra en la mayor parte del directo tire más de su arte escénico, que de su talento musical; que todos sabemos que lo tiene. Sabe como nadie medir la tensión y el tempo de una actuación en las distancias cortas.
De la química entre saxo y solista, se podrían sacar millones de vacunas contra el aburrimiento y el desinterés. No solo eso, volaron de un plumazo esa especie de oboes y clarinetes que campan por el disco, para convertirse en saxos con sexo tenor al más puro estilo Madness; rugosos y crujientes.


Para abrir boca “At the Botton on the Ocean” en clave New York Dolls; que por cierto pulularon toda la noche en muchos de los temas de la velada. En “American Soil” o “And Maybe God is a Train” también. Algo que por cierto, hasta que no vi ese arranque de concierto, jamás me lo hubiera imaginado con ese fulgor de glam de bajo fondo transformista. El saxo ciertamente ayudaba a teñir la noche de neones, lentejuelas y swim desafiante.
Llegados a un punto de inflexión, cuando sonó “Can I Sleep in Your Brain”; una de esas joyas que te encuentras hacia el final de su último disco, y que jamás esperas oír en un concierto con estos derroteros. Te baja hasta lo hondo, se pone enternecedor con esa mirada de cordero degollado tan a lo Emilio Aragón #y usted no lo es, y te vuelve a subir; es así, de cambios de humor, insinuaciones y flirteos. “My Zero” funciona de largo como un resorte: es un tema que todavía no entiendo como se me pasó por alto hace dos años, porque fue de las que más me gustó. Supongo que me costó digerir el cambio estilístico de hace tres años y pagó la criba, con tanta música que hay donde hurgar.
Era el momento preciso para despegar con el repertorio más cabaretero y vodevilesco de su nueva hornada: “Body Was Made”, “Ordinary Life” bajando el pulso a una sala ya despatarrada y rendida por completo. “Haunted Head” es la rehostia bendita en directo: con sus coros vacilones, su saxofón poseído por el mismísimo diablo y la presencia ni que fuera en espíritu de David Bowie #el de Hunky Dory concretamente. Para luego invocar a Johnny Thunders o Marc Bolan; que se yo: “Tip of the Match” es el tema que más remite a la banda neoyorkina en su último álbum. Aquella noche parecía flotar constantemente en el ambiente; Nueva York, Chicago, la conexión sureña vía Menphis.
Wobby” con el saxofón echando leña a un pogo constante entre músicos; sería por la falta de espacio, o porque hubo un dialogo festivo de los que se ven poco. Ezra Furman saltó al público y por un momento convertido en una loca groupie daba rienda suelta al desparrame. “Lousy Connection”: hay que ver lo que llegar a ganar este tema sobre las tablas; la que más me descolocó cuando la escuché por primera vez, y ahora no me la puedo quitar de la cabeza. Es una de esas melodías/estribillo que sintetizan aquello de optimismo/felicidad, en un algo sin forma, color ni definición... un estado. Y que conectado vía espiritual con la Rumba Psichobilly de “Walk on the Darkness”, sería como el todo de la noche. Curioso el fenómeno, porque uno en un ademán de serenidad miraba a su alrededor, y todo el mundo estaba enloquecido. En ese preciso instante si Ezra Furman hubiera pedido a gritos que el público se despelotase, todos lo hubiésemos hecho sin rechistar; lo juro. Vamos, que iba decidido a comprarme la horrible camiseta fucsia del mercha; suerte que no había de mi talla, porque ya más frío, mira que era bizarra la jodía.


Acabamos a ritmo caribeño con “Anything Can Happen” y “Restless Year”; que yo juraría que esta última la tocó mucho antes y la lista de canciones se la pasó por las pantecontepantes. Pero vaya, da un poco lo mismo, creo que el personal asistente (80 personas escasas), estaba más feliz que un chancho en un lodazal.
Dos bises que me parecieron por definición la más puta genialidad de la noche; por gusto y formas: “Tell Em All to go to Hell” que además ensamblaron tan bien como el Moon Cresta de las recreativas cuando... ey!! sonaba el “Rock & Roll” de la Velvet Underground y todo encajaba; ya lo decía Jenny: - Nunca pasa nada hasta que pasó, y descubrió el Rock & roll. Desde entonces nada fue ya igual. Seguramente la definición más fiel y legítima de la felicidad; EL ROCK&ROLL.

viernes, 6 de noviembre de 2015

THE DRONES & DEAD PARTIES en LA 2 DE APOLO_Barcelona 03/11/2015





De chiquitín, cuando en mi barrio todavía existían barrizales donde jugar a la lima, y aquellas reservas naturales del libertinaje llamadas descampados. Cada noche al acostarme y en plena vigilia, soñaba con un butrón bajo mi cama que me llevase con nocturnidad y alevosía, a unos almacenes que había junto a mi cole. Se llamaban Ferrán, y era uno de esos de una cadena expert de la que en tiempos pasados, cuando lo más grande era la mercería de la esquina de tu calle. Pasear por su pasillos llenos de juguetes, equipos de música y un sinfín de cachibaches, podía ser lo más parecido a lo que uno creía por paraíso.
No era uno como la del “Chapo” Guzmán: con luces, moqueta e hilo musical. Mi paso subterráneo a la calle de arriba, era más imaginado al estilo teletransporte; como los viajes lisérgicos del Niñato de Gallardo y Mediavilla. No era por avaricia pues en aquellos ochentuados años, lo más cercano a la codicia era una bolsa de pipas francaris y un drácula a lametones, sentados en el muro de la plaza. Era eso, imaginar teniendo lo que ni en sueños tenías.

Ahora también lo hago; como ven, no he cambiado demasiado. Soñé en una siesta rempanchingada, una fiesta de boda con Richard Hawley en el Apolo. Aparecerme como la virgen de Lourdes en un concierto en el Hacienda, e irme de fiesta con los Reid Brothers prendiéndole fuego a la ciudad.
Y cuando es la música en vivo la que nos tira a la calle, cambié los grandes almacenes por salas en penumbras. Mis sueños ahora, lo son surcando el subsuelo de la ciudad y agonizando de empacho musical; sería una muerte dulce.

Esta pasada semana ha sido lo más parecido a eso, y teniendo en cuenta la suculencia desproporcionada de conciertos, que este otoño guarne las salas de Barcelona. Decidirse por el menú debería ser una tarea ardua, a no ser de que últimamente, mi elección de conciertos se suele basar en básicamente en pequeños reductos alejados de la muchedumbre deslumbrante de las últimas tendencias.
Elegir a THE DROMES de entrada, era algo sencillo después de verlos en aquel Primavera Sound de hace tres años. Fue por entonces un antídoto contra los cabezas de cartel: muchas luces, espectacularidad y grandes escenarios donde ahogarse entre el tumulto. Por entonces, la banda australiana nos confinó en un extremo del evento. A almas perdidas entre el desaucio de las modas y la incesante búsqueda de sonidos con rebabas, filos y tactos ásperos. Y allí dieron un concierto monumental, que nos demostró, que sobre el escenario, cualquier parecido a su sonido en formato físico, se quedaba enano y muy limitado si se comparaba con el arsenal que manejaban sobre el escenario:
Gared Liddiard haciendo gala de una violencia espasmódica y estrujando la palanca de su guitarra hasta hacerla aullar. Su fornido guardaespaldas Dan “Supaman” Lascombe arreciando con esa sección que se encarga del rugido oscuro y su sección rítmica: Michael Noga a la batería y una intrigante Fiona Kitschin, encargada de darle ese paso fúnebre musculoso y elástico a todo su musiquero.
Suficientes los motivos para aprovechar la oportunidad de verlos en sala. Desentrañar con más detalle los enigmas de su maleable sonido, y volverme a encontrar entre el público al Hombre Misterioso de Carretera Perdida. Ese discreto hombre mayor que llevo viendo en los conciertos más esquivos y marginales desde que tengo uso de razón: que son ya unos cuantos #cerca de 25.



Pero vayamos al principio de la noche. De entrada la banda que abría su concierto después de posponer aquella gira inicial en Mayo, cuando todos pensábamos que esperarían a tener publicado un nuevo álbum; que no ha sido el caso. Los también australianos afincados en Barcelona DEAD PARTIES que tocaban sobre las 8:30 pasadas y su principal reclamo para estar allí como un reloj: su single del pasado año “Disappears”: Un temazo de aquellos que recuerdan a los himnos entre lo épico y melancólico de finales de los 80; canciones que nunca pasan de moda y enaltecen a viejunos como yo.
No es que hayan inventado nada ni mucho menos, pero a estas alturas de la historia cuando todo se queda en un uy casi!! Se agradece que una banda no se ande por las ramas y se vaya al efectivismo más melódico del Postpunk bailable. Se nota que están rodados, aunque sobre el escenario adolezcan en momentos puntuales de una falta de rodaje. Los temas suenan del primero al último, preparados y deduzco porque lo ignoro, a completar un primer Lp plagado de jitazos que estará al caer; canciones tienen de sobra para publicarlo. Así que de momento tenemos que conformarnos con un puñado de temas y su competente directo, que digo yo que para que queremos más.
Cinco músicos sobre el escenario que amplia la plantilla inicial de sus tres miembros fundadores. Además de un batería catalán que les acompañó y que aprovecho a felicitar; menudo metrónomo. Consiguen sonar como una banda que bien podría llevar tocando muchos años. Y lo mejor, hicieron que esos primeros adelantados que se dieron cita -que fueron bastantes- bailaran como posesos; y ahí me incluyo yo.
Last Romance” recién publicado, que teje el powerpop luminoso de las antípodas con un “shoegaze” bien entrecomillado, pues no es ese mil veces trillado estilo. Sino un algo mucho más elástico y contundente.
Sus canciones tienen mucha sustancia, tienen huecos que se abren y contraen como fondos submarinos. Tribe, Shadows on Walls o simplemente haberlos visto sacar brillo junto a Le Petit Ramon al clásico de los Byrds I´ll feel a whole lot better. Dan de sobras para certificar que estamos ante una banda que nos dará en un futuro próximo, grandes placeres.



Sobre las diez llegaría el momento de la verdad, expectante, deseoso de ver sin la distancia de por medio que da el gran escenario de un festival.
La sala contigua a la grande de Apolo es un entorno ideal para este tipo de bandas: Un concentrado a modo de bar amplio y bien dispuesto para albergar a ciento y pico personas; las suficientes. Ahí sabes que están los que están, ni un solo troll de estos que van últimamente a los conciertos a fichar y hacer muescas en su revolver. Sin importarle un carajo, de qué va realmente el asunto ¿sabes?: escapar de mediocridades y bajar al lodazal a mojarte los pies y llenarte de padrastos el alma.
THE DROMES si tuviésemos que catalogarlos para inventariarlos debidamente, sería realmente difícil; y eso es lo más gratificante de ellos. Podrían ser unos eficientes dinamiteros de grandes edificios, de esos que albergan los archivos históricos de la música sin rebasar ni un solo milímetro los géneros madre. Sin embargo y aunque puedan llevarnos a pensar sobre el garaje, los sucios trasteros del rock&roll o el oscurismo blusero de su música. Como buenos australianos, lo llevan todo a un contexto mucho más agreste y tribal.

Su repertorio vaga sin complejos por cada uno de sus discos, y no se ciñen en absoluto a la malsana costumbre de incidir en su última publicación; algo que los honra mucho.
Shark Fin Blues” sonó de las primeras y antes lo hicieron con Jezebel; el tema que abre un último disco en directo. La maltrecha voz de Gared llevada al límite en una gira maratoniana le pasó factura. Pero es algo que se suplió con el tremendo andamiaje que levantan en cada uno de sus directos. The Drones suenan como una apisonadora, por un lado un caminar rítmico que como el latido de una fiera dominan bajo y batería. Por otro, la teoría del caos que su líder Gared Liddiard dota de forma y lógica; por muy abstracta que parezca: Esas notas que salen de su Fender Jaguar como lamentos y gruñidos crean una melodía casi esotérica. Y Dan Lascombe que como obrero incansable levanta muros a destajos, es ese halo de siniestrismo que alcanzan la cúspide de sus melodías.
Blues maltrecho entre la santería, mántrico y tribal que a veces los acerca a aquellos pasados Janes Addiction del Nothing Shoking. Una sesión a medias entre el espiritismo, el hipnótico caminar de sus canciones y exaltación ritual del vudú. Más de uno entró en las primeras filas en trance: unos dibujando lo que les sugería la tormenta, otros pidiendo ser castigados por sus buenas conciencias. Y yo apostado a la izquierda, mientras Dan desde el otro extremo se conectaba vía camiseta de THE CRAMPS #la que nos emparentaba, me dedicó un salve hallelujah!!; y me arrancó una sonrisa de satisfacción.

Tuve que coger distancia e ir a tomar un trago. Los vi desde todos los ángulos: Izquierda, fondo y derecha. Es lo que tiene acudir a estos conciertos que entre el maldecir porqué, estas bandas son unos perfectos anónimos en la escena actual. Uno bendice que todo sea así, en un tono familiar, de hermandad, para gourmets espantaos del fastfood modernero.
Y caían una y otra, como salmas. Podría ponerle títulos, pero la verdad, disfruto de esta banda en toda la amplitud de su discografía. Me importa un carajo que temas toquen, porque le dan un aire que dista una eternidad entre lo que uno se pueda imaginar al escucharlos en disco, o en carne viva.

6 Ways to Sunday tremenda. En ese instante casi al final del concierto pensé, y no dudé en compartirlo con un anónimo compañero de concierto -voy solo a los conciertos, pero cuando estos mismos te avivan el espíritu, no dudo en compartirlo con to quisqui; el que tenga más próximo. - Y Pixies buscando una bajista que emule a Kim Deal y no aciertan!! ¿a caso han oído en directo a Fiona Kitschin? Menuda fiera parda!!
Minotaur, esa extraña melodía como el paso estrambótico de un animal de gran tonelaje. Cayeron más de su Havalina, I am a Supercargo desgarradora. “Baby” puso a toda la banda en pie de guerra coreando, aquí Christian Strybosch (su nuevo batería y original batería, tras la marcha de Mike Noga) parecía una apisonadora: - Babe, babe, babe, you can't never die!!
A Moat you can Stand In como única rescatada de su más épico y calmado “I See Seaweed/2013”. The Miles Daughter trepanadora de gruesa cuerda con la que atravesarte del hipotálamo, hasta los pies nerviosos. Sonó también Tamen Shud como no podía ser de otra forma; el tema más reciente que han liberado. Una de esas canciones que se une a un catálogo de tienda de horrores, donde solo los atrevidos se adentran a escarbar. Y que hace con toda probabilidad, que los discos de este cuarteto sean tan ariscos, para quien mima su oído cde melodías ensoñadoras con textura de algodón azucarado.



Claro, que después esta la otra especie. Esos que como yo, y los pocos que se han dedicado con empeño a esta, y otras bandas que exigen aflojarse el corsé y dejar que sean las emociones y el instinto las que busquen su propia melodía.
Esos, creo yo en mi más absoluta ignorancia, que leen entre líneas y acuden al reclamo de esos brillos que asoman por entre tanto decorado plástico y aséptico. Que sí, que queda la mar de pulido, higiénico y práctico para limpiar cómodamente sin dejar rastro de la mugre del pasado. Pero a mi, que queréis que os diga, me empachan y aburren de la misma manera que las adoctrinadoras modas. Después esta todo aquello que ejercita tu facultad de exploración, de aventurero, de buscar la otra verdad que nadie se preocupa por cultivar; al fin y al cabo esto es lo que le da sentido a nuestra triste vida.
Pues THE DROMES es más o menos eso: Su trayectoria musical es un buen escapulario con el que presignarse, cuando el alma se nos descarría. Sus directos, un entorno donde las canciones se flexionan, mutan y evolucionan como el contorsionista de sus cantante. Y no hay una cosa sin otra, nunca se entenderán lo suficiente hasta que los ves sobre un escenario.
SON GRANDES, Y CRECEN.