Alcé la
vista para mirar la hora mil doscientas treinta y cuatro veces, no
avanza. Y la esfera del reloj desprovista de segundero, me hacía más
eterna la espera. Como si un minuto no tuviera en realidad sesenta
segundos y sus mecanismos internos adoleciesen de reumatismo. Esa
impaciente demora del fin de las jornadas, que ejerce un efecto dèjá
vu de ida y vuelta sobre mis recuerdos. Y ese encontrado anhelo de
dos situaciones distintas y comunes: El fin de las jornadas
escolares, y por otro lado el siquiera imaginar que el largo sueño
de verano me desproveerá de mis ansiadas catas subterráneas.
Llegamos al
soporífero mes de Julio con sus sesteos intermitentes, cabezadas que
decapitan la vigilia nocturna. El griterío de los insomnes que
buscan la hostia bendita del dios del descanso y los perros; siempre
hay un perro que ladra a los fantasmas de la noche. Llega la hora
tocadas las ocho y pico, y pese a que a esa hora el sol no quiere ya
ponerse. Colocamos la montura a nuestro coche (suenan unos primeros
acordes), insertamos las llaves en la ranura, y sobre las marcas aún
frescas de los neumáticos nos ponemos rumbo al municipio colindante.
Es la última
cata antes del receso vacacional. Y aunque se que volveremos en
Septiembre a encerrarnos en esa sima secreta, llamada Vadevacus, se
me anuda el estómago solo de pensar en un largo mes y medio en dique
seco. Un acontecimiento que sucede cada quince días y que en este
extraño... ¿os he dicho ya lo extraño que ha sido este año?, y
metamórfico año sí, también. Se pueden contar con los dedos de
una mano a las que he acudido, ya que una especie de mal de ojo me ha
dejado en vía muerta la friolera de seis meses; y la que te rondará
morena.
Así pues,
ya os haréis una idea lo que supone el colofón: Algo así como la
esperada primera noche con el amor de tu sueños, que se consuma en
una eyaculación precoz; vamos para entendernos, que el año se me
pasado volando por lances que no vienen al caso. Y ya puestos,
teniendo en cuenta lo poco que prodigo en relatar por estos lares mis
experiencias Cata/tónicas (os/les debo una). Con lo que no hay mejor
guinda para coronar un año extraviado, que hacerlo poniéndonos en
manos de Jordi Ferré; todo un archivo de añadas, sabores y
perfumes, pero con piernas.
Como decía
nuestro añoradísimo Ignacio Gasca, alias Poch: - Listooos!!, para
la inmersión!!
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LA SIMA |
Estoy seguro
que más de uno pensará que esto de hacer catas es una moda de
tantas; que si catas, degustaciones, expertos en Gin Tonics, maestros
y maestrillos de ceremonias, patatín patatán... Como mola hablar de
cosas que nadie entiende, hacerte el interesante, levitar sobre el
resto de mortales y escuchar de otros aquello de: - Jo, es que tu
eres un experto (modo falsa modestia On).
En fin no
digo que no, que como en todo habrá a quien le muevan las cosas por
saber más que los demás y hacerse el interesante. Yo personalmente
pienso que las modas traen cosas malas y buenas. Y aunque es obvio
que muchos adoptan el hábito por mera tendencia y pose, también es
cierto que si esa moda hace que la gente conozca, aprenda, divulgue y
se interese, bienvenida sea; y allá cada cual con sus actos. Si algo
me ha enseñado la edad, es que todo en la vida es tan relativo,
cambiante y variable como las circunstancias y la perspectiva; igual
que aquella peli del 2004, CRASH.
Dicho de
antemano en voz alta aquello que muchos piensan, y en el que me
incluía yo; mucho antes de formar parte de esta aguerrida familia.
Puede que me exceda en tópicos, pero además de tener la suerte de
conocer a nueve fabulosas personas, amén de las que se unen de forma
esporádica. Me felicito por la generosidad de conocimientos,
caracteres y puntos de vista diferentes que compartimos todos en
cada sesión. Y además del esfuerzo que realizamos, y algunos
especialmente, en conseguir vinos únicos que de forma particular
(por lo menos en mi caso), no podríamos adquirir o tener la
oportunidad de compartir por precios a veces inalcanzables o por mera
logística.
Cada uno a
su manera, sin patrones ni doctrinas, siguiendo instintos y
emociones. Soltando el lastre al que nos encadena el trabajo o
cualquier angustia personal. Y sobretodo aprendiendo los unos de los
otros sin prejuicios de ninguna clase y buscando siempre en la
sorpresa, el mejor motivo para amar esta magia intrínseca que emana
el vino, y todo lo que le rodea.
La del
último jueves fue una de tantas catas a ciegas a las que nos hemos
habituado en las últimas jornadas. Una especie de juego donde no se
miden las sabidurías, sino la valentía para jugar al escondite con
unos caldos, que en la actualidad derriban todos aquellos mitos sobre
perfiles clásicos, uvas o zonas que delimitaban en el pasado
cualquier atisbo de experimentación.
Y es que hoy
en día es una verdadera suerte contar con productores avezados, que
no se limitan tan solo a producir vinos previsibles y a dormirse en
los laureles de la popularidad. Si no que buscan la identidad de la
uva, del pasado, y del mineral que amamanta a las vides; vinos con
terruño como se dice. Y sobretodo esa demostración de tesón al
lograr verdaderas maravillas, con vides y zonas abandonadas a su
suerte por su mala rentabilidad.
De los vinos
Gallegos se ha hablado largo y tendido: de esa fama asesina que ha
matado de popularidad a Rias Baixas (igual que a Rueda). Con unos
rangos de precios que van desde la sobre valoración de vinos
clónicos, gemelos, planos y aburguesados, hasta el derroche de otros
con superproducciones que dilapidan el excedente en diluidas
cosechas. No se habla tanto de los grandes vinos que emergen a la
sombra de los triunfadores:
Pequeños
pagos con ínfimas producciones, trabajos y dedicación titánicos,
recuperación de variedades perdidas en el tiempo, o agriculturas
biodinámicas que se ponen en las manos de los ancestros, para
regalarnos verdaderas proezas de la naturaleza.
Allí fue
donde nos llevó una de las catas más especiales, emocionantes y
reveladoras de cuantas hemos hecho; sin menospreciar otras tantas con
las que hemos jugado a adivinar donde está la bolita. Pero es que de
blancos y tan fabulosamente desconcertantes, pocas como esta.
Se habló de
vinos Franceses y Californianos, de alguna Garnacha del país. Se
barajó la posibilidad de que se tratase de Viogniers, de Rielsing
Alsaciano o que se yo, conociendo la putería de Jordi para
buscar de debajo de una piedra lo más curioso o raro. Tres blancos
rebosantes de personalidad que evidenciaban una procedencia allende
de nuestras fronteras; porque seamos francos, no son tantos los
blancos de aquí que sobresalgan por su indomable personalidad. Muy
buenos eso sí, tenemos vinos blancos realmente buenos, pero que
alcancen el nivel de personalidad única y diferenciada o que sean
capaces de ganar con el paso de los años, pocos.
Así pues la
carta de presentación de estos tres blancos tan distintos entre si,
hizo que ni el más audaz y trillado de los presentes tuviera las
santas narices de acertar con uva, zona o nacionalidad; teniendo la
certeza de que estábamos ante algo único. Nos daba la risa tonta,
exigíamos pistas, algún dato... nada, Jordi no soltaba
prenda. Hasta que la sorpresa fue mayúscula a desenvolver el
secretismo del papel de aluminio, y descubrir que se trataba de tres
caleidoscópicos Ribeiros. Una denominación Gallega que se a visto
diezmada por la arrolladora popularidad de Rias Baixas, y que ha
quedado injustamente relegada a una división inferior, como vinos
básicos y ligeros.
El primero,
un meloso y balsámico VIÑA DE MARTÍN ESCOLMA del 2009. Un vino de
Luís Anxo extraído de sus cepas más viejas, con tres años de
crianza y un cupage de Treixadura, Albariño, Lado y Torrontés. Un
blanco fruto de un rendimiento realmente bajo donde las viñas tan
solo son capaces de producir un kilo por cepa; un verdadero elixir
vamos.
Todo un
señor vino rebosante de complejidad que evoluciona maravillosamente
en la copa, y que promete por su corpulencia una exponencial ganancia
con el paso de los años. Con la oxigenación y el atemperamiento
gana mucho en nariz: Plátano, Miel, Mangos que con la volatilidad
emana un agradable perfume a flores blancas y un toque lejano a
anises. En boca es bastante glicérico y untuoso, se notan los toques
minerales con una ligera remembranza al roble Francés. Es goloso
pero muy refrescante a la vez por ese largo final que atesora, y por
esa acidez tan bien integrada en el conjunto. Bien podría compararse
con un gran Borgoña, y desde luego es una sensacional fiesta de
sensaciones misteriosas.
Las botellas
se abrieron cinco horas antes sin decantar, con lo cual es importante
y a tener en cuenta de que hablamos de vinos para disfrutar sin
prisa, con mucha calma y sin abusar del frío.
La segunda
botella se trataba del SALVAXE del 2010, que como bien indica su
nombre es un vino bastante más vivaz y heterodoxo, que destaca por
la ausencia de fermentación meloláctica (proceso que se utiliza
para suavizar la acidez). Este detalle importante porque estamos ante
un vino de cultivo biodinámico, que evidencia aún más la grandeza
de su gran estructura y equilibrio natural. Elaborado con viñas
viejas y jóvenes de Treixadura, Albariño, Godello y Caiño blanco.
Mucho más
controvertido en las sensaciones que desprende y con un perfume más
intenso. Es un vino más abierto y exultante donde destaca la
rotundidad de las Vainillas, el anís estrellado y el hinojo, que
contrasta con un fondo a pastelería, mantequillas o tostados. Es
otro vino cambiante que se muestra en inicio más cítrico y frugal
pero que va adquiriendo personalidad con el tiempo. Muy complejo con
notas muy entrelazadas, parece que va apareciendo al cabo de la media
hora algo de ahumado muy volátil.
La boca es
muy melosa y amplia, de inicio el que más me gustó por ese
contraste entre la untuosidad y esa acidez salvaje que me recuerda a
los blancos Italianos. Tiene un puntito de trigo fermentado,
mineralidad incluso diría que un recuerdo a whisky de malta;
probablemente por ese recuerdo a pescado ahumado y a su acidez. Desde
luego no tiene nada que ver con cualquier vino gallego que halla
probado y su frescor, ay su frescor!! es bárbaro que unas viñas con
tan poca intervención den un vino tan estupendo y estilizado.
Para acabar
lo hicimos con uno de los más curiosos de los tres, el ISSUÉ del
2010 y el más económico de todos ellos; que aunque sean blancos de
alto rango, bien lo valen. Un vino donde la barrica parecía más
presente por el tono amielado de su color. Un perfume embriagador e
hipnótico que recordaba ligeramente en concordancia con los Riesling
Alemanes, pero mucho más profundo y desconcertante. Con un
ensamblaje más arriesgado del 40% de Treixadura y 35% de Lado, y el
resto repartido entre Loureira, Verdellc y Silveiriña.
Muy floral
en su nariz donde prevalecen los geranios la magnolia, algo de verdor
y mentolados pero muy al final. Sobresale espectacularmente a lo
largo de la cata un intenso perfume a toffee y a esos caramelos
werther's, que es lo que más prevalece en su nariz. En boca se
muestra radicalmente distinto a los demás como un tobogán de
sensaciones. Se nota la madera, aunque está realmente integrada, los
toques minerales y salinos muy al final. No sabría por cual
decantarme porque la verdad tal y como nos indicó Jordi Ferré,
son tres vinos que además de romper con el perfil hegemónico de los
vinos Gallegos están prestados a evolucionar de manera asombrosa. Es
esa misma robustez indomable y fascinante de los blancos Italianos,
que en su transformación parece uno tener la sensación de estar
ante vinos tridimensionales: En su apertura explosivos y alcohólicos,
al cabo de los minutos mucho más expresivos y abiertos. Y con el
paso de las horas (o días) y la ½ botella consumida, como otro vino
extraordinariamente distinto; más desnudo, agradecido y generoso.
Con las diez
pasadas ya, la miel en los labios aun y el embrujo apunto de
convertir carrozas en calabazas, nos asomamos ya a la superficie para
tomar aire: exhaustos, exultantes, felices, henchidos y con la lengua
viva. Reunirnos cada quince días para compartir experiencias no es
solo eso: beber vinos, aprender y descubrirnos/los. También tiene
un/mi rito, un rito personal que va más allá de lo que muchos
puedan pensar sobre las catas o los placeres de la vida: Como si se
tratase de una liturgia más elevada que el simple placer de beber
una copa, charlar y compartir, algo no exento de envoltorio,
sugestión y elitismo. Puede que sea eso lo que nos han intentado
inculcar sobre lo pecaminoso del disfrute y el conocimiento que se
extiende como una plaga.
Pero se
equivocan, porque el disfrutar en compañía de los gustos comunes;
ya sea música, comida, cine, literatura, arte o cualquier cosa que
nos sacie el hambre por conocer, no difiere en la temática en si
misma ni en el nivel de máxima sabiduría. Si no en las ganas que
uno tenga de descubrir sensaciones y pasiones colectivas; esa especie
de cooperativismo y trabajo en equipo, que nos forma con el paso de
los años y nos hace portadores del testigo. Un virus, el de la
curiosidad, que debería inocularse contra el mal de la ignorancia y
los juicios ligeros, y que se allá en cualquier cosa que nos
emocione. Basta con arrancar un deseo y llevarlo a cabo con ayuda de
todos, y derrumbar aquello que piensan muchos sobre las empresas o el
coste que representan.
Para mi lo
es todo. Desde el mismo instante en el que me monto en el coche,
pongo la música que me inspira el momento y disfruto del recorrido.
Admirar el paisaje de extenso campo que separa mi municipio del
destino, observar gentes, ciclistas y corredores. Mujeres con su
cesto de compra, imaginar historias alrededor de transeúntes
anónimos y volver sobre mis pasos con la noche ya cerrada. Ahí
suenan canciones, estupendas y mágicas canciones que ponen música a
un momento. Esperar que el paso de las horas y los días maceren en
nuestro interior, como los buenos e inolvidables momentos.
Porque todo
en la vida tiene una música desde el bostezar al levantarse, hasta
la nana para irse a la cama. Tanto o más que los aprendizajes que
nos otorgan las diferencias y las similitudes, los acuerdos y
desacuerdos, o la sana discusión de aquello que nos separa y nos
enseña a ver las cosas de forma distinta.
Y sabe dios
(si existiera), que las sensaciones de cada jueves y las líneas
equidistantes que se unen en un punto infinito de la carretera cuando
uno regresa a casa, tienen la suya propia; música celestial,
enseñanzas y recuerdos que se ramifican con el tiempo.
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